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Diomedes Martelo Albarracín

Los rehenes secuestrados en diferentes pueblos y ciudades de la región debían permanecer en silencio. La mayoría con los ojos vendados y todos encadenados a la pared, unos por las extremidades y otros por el cuello. Dos veces al día les daban de comer yuca con arroz y entonces podían tomar un tazón de agua. Una vez por semana comían fríjoles sancochados con sal.