El amor que trasciende

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Cuando pensamos en la otra vida, es normal y humano que se apodere de nosotros la idea de que allí seremos muy felices y creemos, con ingenuidad inaudita, que la felicidad celestial es una prolongación de la terrena, como si todo fuera una continuación en lugar de un tránsito, a pesar de que nadie ha vuelto del más allá para dar su testimonio. Nada más equivocado, puesto que la felicidad plena es gozar de la presencia de Dios y el evangelista Marcos nos lo recuerda: “Se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: “Maestro: Moisés nos dejó escrito que si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin hijos. El segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos. Lo mismo ocurrió con el tercero y siguientes y ninguno dejó hijos. Por último, murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer?, porque los siete han estado casados con ella” Jesús respondió: “Estáis equivocados porque no entendéis la escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán: serán como ángeles del cielo”.

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